Go to Belfast. Crónica de viaje (II). Causeway coastal route.

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Día 26. Haciendo rodar nuestras maletas nos dirigimos al aeropuerto de Derry para recoger nuestro coche de alquiler, con el que haremos una ruta muy esperada. Iremos de Derry a Belfast por la Causeway Coastal Route, una de las innumerables rutas paradisíacas que pueden realizarse. Primera parada en el día: Downhill Beach.

Mussenden Temple

Una playa extensa y vigorosa que da unas imágenes espectaculares. Es por ello que ha servido como localización en algunos metrajes de cine. Nos inundamos con su ruidoso oleaje, con sus vistosos acantilados y a nuestra izquierda la siguiente parada; el Mussenden TempleMussenden temple

Tras un intento fallido al haber llegado por el otro lado al recinto del templete, aparcamos el coche y pasamos por recepción donde amablemente nos informan sobre la visita. Bajamos por un camino con arboleda, subimos unas escaleras para encontrarnos con una especie de pequeño embalse y poco después ya podemos ver la línea de acantilado. En este paraje singular y con vista privilegiada al acantilado se encuentra el templete circular que sirvió de biblioteca. Un rincón para lecturas suculentas y reflexiones entre oleaje y viento. En el mismo recinto visitamos un mausoleo y unas antiguas dependencias donde se debe cerrar la puerta ante una posible invasión de esponjosas ovejas de cara negra. De ahí a Dunluce Castle, vistosas ruinas de una fortaleza ubicada en un enclave único. Situada en zona de acantilados tan próxima al mar que parte de la misma se derrumbó en una tormenta, te permite pasear por sus cimientos donde se pueden descubrir oquedades, cuevas y esa hierba tan característica de la costa irlandesa.

Dunluce Castle

 

Retomamos la carretera y tras hacer caso a nuestras anotaciones previas aparcamos el coche fuera del centro de interpretación de la Calzada de los Gigantes.  Por la Naturaleza no se debería pagar y menos aún montar  un tinglado turístico, por lo que escapamos de esa red  y nos encargamos de disfrutar el entorno con respeto y a coste cero. Pasamos caminando bajo un puente negro y moderno por el que dejamos atrás lo extirpable del lugar. Pese a su ambiente explotado, las audioguías y el torpe disfrute del turismo, la naturaleza te absorbe. Tras parajes de postal viene lo increíble, esas columnas basálticas exageradamente perfectas y talladas por accidente y agentes naturales. Caminamos boquiabiertos entre las tres calzadas. Nos dejamos llevar en la llamada Calzada Grande hacia el mar en busca de la otra orilla, la puerta de Escocia. El lugar te atrae, te abstrae. Tras un buen rato debemos proseguir la visita y ver el entorno desde otras perspectivas. Subimos a la parte más alta y la puerta que según la leyenda irlandesa construyó Finn queda diminuta y te hace sentir gigante. La sensación ya nos ha dejado huella y nunca podremos olvidar este increíble lugar donde preguntarse cómo se formó es digno de creencia en la fuerza de lo natural.  

Calzada de los Gigantes

Puerto de BallintoyVolvemos al coche con nuestras piernas cansadas pero alegres. Aparcamos en un pequeño cementerio de comunidad parroquial en Ballintoy. Bajamos a asomarnos al puerto. Es diminuto con piedras grises y verdosas con musgo. El Sol está cayendo y va dejando sus últimos rayos y una luz para recordar. Lugar para sosegarse, para picnics espontáneos en un coche mirando al mar, lugar de película de primeros planos. Esta noche dormimos en Ballycastle y al salir a tomar algo nos topamos con la CENA en O`Connors. Pedimos sin conocimiento y los camareros nos sonríen mientras nos ponen una montaña de deliciosa comida. Día 27. El ambiente despreocupado de Ballycastle te sosiega. Desayunamos al modo típico irlandés en la zona del puerto. Nuestro estómago aún recuerda ese pan de soda, ese té con leche y la ración de carne. Ponemos nuestras botas en la arena de la playa. Mirando al horizonte nuevos objetivos que alcanzar en próximos viajes: Escocia, Rathin Island… Pensativos, como animales apaciguados, volvemos al coche y, con rumbo a Carrick a Rede, disfrutamos de las vistas. Una vez allí, de nuevo, una senda nos sacia los sentidos. El aire se siente, la incertidumbre aflora. Ningún sitio queda para el vértigo.

Carrick a rede

Tras una escalera, un puente colgante a 25 metros del mar y las rocas. Sonrisa nerviosa, primeros pasos firmes, mirada al entorno, primer bote con ráfaga de viento y acto seguido manos firmes a las cuerdas. Al otro lado: un islote donde los pájaros se muestran, te fascinan, te inspiran. Vuelta atrás y nuevo paso por el puente. La inconsciencia te hace atrevido pero ves como se vuela un sombrero y prefieres disfrutar sin innovaciones.

Tras unos pocos kilómetros estamos en el Camino Real de The Dark Hedges. The Dark HedgesUna carretera perimetrada con una imponente plantación de hayedos que da al paraje un toque misterioso y fascinante.  Sitio de paso para muchos es para otros una parada y una reflexión obligatoria. 

En la pantalla del coche una nueva dirección: Waterfoot para retomar el camino por la costa. Los ojos miran y remiran a todos lados. Lo que ven es fantástico pero sabemos que aún puede haber mucho más. Aquí la Naturaleza está más libre y se muestra inmensa. Aún, con el estómago lleno de aquella cena y el magnífico desayuno decidimos continuar el camino hacia Belfast. En el camino vemos cañadas, serpenteando por curvas y toboganes con el coche, nos dejamos llevar por la línea que marca la costa. Pueblecitos con barandillas proirlandesas en unos y con banderas británicas en otros. Antes de llegar a Belfast nuestra última parada es Carrickfergus. Su castillo al lado del puerto nos muestra su pendón y una escultura de infantería inglesa carga su mosquetón ante la llegada del enemigo.

Hacemos los últimos kilómetros del viaje en coche. Dejamos atrás carreteras serpenteantes para encontrarnos con el  cotidiano tráfico de una ciudad como Belfast. Sensaciones encontradas: queremos dejar el coche pero sabemos que en un tiempo no volveremos a subir marchas con la izquierda y a girar en otra dirección en las rotondas. Nos hemos adaptado bien y hemos alucinado con lo que nos rodeaba mientras conducíamos. Dejamos el coche en el aeropuerto de Belfast y cogemos un tren que nos lleva a Botanic Avenue.  Salir y ver esa arquitectura bañada con colores, cambios de luz y grises nos adelanta que estaremos cómodos.

 

Medios

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