Miércoles, 11 Abril 2018 09:19

'Mujeres, raza y clase' de Angela B. Davis.(III) El capitalismo como motor segregador.

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Como ya avanzamos en los apuntes anteriores, Angela Davis señala directamente al capitalismo como originador de los problemas sociales desarrollados, sobre todo, a partir de la industrialización y que se mantienen y acrecientan en esta era de globalización. El clasismo, el sexismo y el racismo son diferentes tentáculos opresores manipulados por la misma cabeza, el capitalismo, que sigue el divide y vencerás para centrarse en sus ansias de crecimiento y explotación.

El clasismo  y tener una clase trabajadora es totalmente necesario para el triunfo capitalista. Pero una clase trabajadora unida en búsqueda de unos objetivos concretos (incluso de objetivos que no busquen la destrucción de sistema) supondría un verdadero problema desestabilizador. Entonces, ¿qué hacer? Dividir. Dividir de forma ilógica y aleatoria al conjunto de la sociedad y que cada cual luche por lo suyo. Por tanto, se colocaría al hombre sobre la mujer, el blanco sobre el negro, el nacional sobre el extranjero…

Así, como ya vimos anteriormente, el sexismo y su variedad más violenta, la violación o el feminicidio, sería un arma de represión para las mujeres ejercida por los hombres de su misma condición, una violencia y domesticación silenciosa que llevaría a la mujer a un sometimiento y posicionamiento inferior. Un sometimiento, por supuesto, que sería llevado a la educación y a la normalización, al autoaprendizaje machista por parte de las mujeres. Esto será desarrollado duramente con la industrialización. Un ejemplo de ello es el término de feminidad. Así explica la autora que la mujer desde los inicios había tenido la misma capacidad y aporte económico dentro de la comunidad y el núcleo familiar. Ella se encargaba del mantenimiento del hogar, de la agricultura y de la elaboración de productos como queso, jabón o tela. A partir de la industrialización esas tareas pasan a estar mecanizadas y su distribución cambia: las mujeres pobres y libres trabajan en las fábricas, las esclavas en el campo y las mujeres burguesas comienzan, por faltas de tareas, a agruparse y a demandar igualdad a través del voto. Pero la falta de un trabajo ‘materialmente económico’ hizo que no se valorase el trabajo de cuidados y doméstico e hizo que la mujer perdiera valor productivo, es decir, que se desvalorizara su status. Con ello se fraguó la idea capitalista de que la mujer debe estar ‘en su hogar’ y se ensalzó la ideología de la feminidad donde el papel de esposa y madre era el único apto para ellas: sirvientes vitalicias de su marido. Feminidad es un valor derivado del machismo para inculcarlo y hacerlo propio entre las mujeres. El hombre sobre la mujer, la división sexista, una división que tenemos interiorizada y que juega en favor del Capital.

Esta división, claro está, no es la única. El racismo y la xenofobia ha sido y sigue siendo una de las armas más feroces del capitalismo. Sin ella, no hubiera existido el esclavismo, las fronteras o  la trata de humanos. No es ingenuo esto, no es una cuestión de cosas del pasado, tradicionalismos o elementos propios del imperialismo. Todos llevamos dentro una mirada colonialista por el que vemos normalizadas cosas que por naturaleza son ilógicas, como que una persona cobre en función de su origen o color de piel, descriminalización que se ejecuta doblemente cuando se introduce el sexismo. El racismo, normalizado e institucionalizado, ejerce igualmente como un poderoso opresor clasista que crea divisiones y sectores sociales. Así, esta división se entrelaza con el sexismo y  se ejerce con opresiones de diversa índole (lenguaje, legislación, explotación, violencia física) entre diferentes sectores oprimidos: el agredido convertido en agresor para beneficio del sistema. Como ejemplos podemos encontrar tantos como trabajadores blancos que votan a partidos explotadores, xenófobos y racistas.

Angela Davis nos desarrolla múltiples ejemplos sobre esta división sectorial y cómo los mensajes racistas o sexistas son absorbidos como propios en diferentes luchas. Uno de ellos lo encontramos en la defensa del voto femeninos llevada a cabo por las sufragistas Stanton y Anthony. Éstas argumentaron que la población de mujeres blancas que sabían leer y escribir superaba a los varones negros, extranjeros y obreros analfabetos, y, por tanto, eran ellos (supremacistas blancos burgueses) los que deberían dirigir en la política para dejar de estar gobernados por analfabetos. Con esta argumentación se quería liquidar todo lo que les sobraba en su estado: la clase obrera, las personas negras y los inmigrantes. ¿A favor de qué? De los crecientes capitalistas como  los Morgans o los Rockefellers que querían tener controlado a esa población sometiendo sus condiciones laborales por medio de derechos democráticos. El mensaje racista, como señala, no podía venir solo: el sexismo se introdujo en las mismas líneas dejando a las mujeres en el papel de mantenedoras de la raza (anglosajona, por supuesto), eso es, de esposas y madres.

“La intensificación progresiva de la propaganda racista estuvo acompañada de una creciente intensificación análoga de ideas que implicaban la inferioridad femenina. Si bien las personas de color, tanto dentro como fuera del territorio nacional, eran retratadas como bárbaras e incompetentes, las mujeres- esto es, las mujeres blancas- eran descritas, de un modo más riguroso, como figuras maternas cuya raison d’être fundamental era la reproducción de los hombres de la especie. Las mujeres blancas estaban aprendiendo que como madres cargaban con una responsabilidad muy especial en la lucha por salvaguardar la supremacía blanca”. 

Las mujeres blancas de clase media creyeron firmemente ese papel y, a pesar de que el movimiento hubiera nacido con el objetivo emancipador de la mujer, se sometieron a esa idea y señalaron como culpables de ese retroceso al “voto extranjero”.

Sucumbieron a la idea racista en manos de  activistas supremacistas como Belle Kearney que señalaron la creación de escuelas para negros como la usurpación del poder del país y alentaron a cometer linchamientos. Y esto no suponía sólo la guerra racial, sino, la fractura de la clase obrera puesto eran trabajadores blancos los que los ejecutaban contra trabajadores negros. Políticos orquestaron la división entre hombres y mujeres y entre negros y blancos.

Como se puede comprobar, no es una cuestión de sólo clasismo: los mismos obreros ejercen como opresores, unos golpeadores más en favor del capitalismo. Así lo podemos ver en el capítulo que dedica al sindicalismo. En el movimiento sindical también estaba instaurado el machismo. Sólo en algunos sectores industriales (imprenta y tabacalero) las mujeres podían afiliarse. Sin embargo y desde su fundación, el Sindicato General de Obreros de Color (NCLU) vieron en la mujer una compañera más de lucha e incluso pusieron en el comité ejecutivo a Mary S. Cary.

Si bien es cierto que desde revistas para mujeres como Revolution dirigida por Susan B. Anthony se jugó un papel importante en la lucha obrera de mujeres (petición de 8h de trabajo, igual salario…), el feminismo no fue percibido como una cuestión de clase, sino como un reclamo de apoyo hacia las mujeres. Incluso, la misma Anthony lanzó discursos clasistas en contra de las mujeres obreras a las que recriminó de “querer el pan, no la papeleta” y centró la atención sobre el sexismo como el  mecanismo más opresor por encima del racismo y el clasismo. No fue hasta principios del s.XX que se tomó conciencia por parte de las mujeres obreras de la importancia del sufragio femenino pues vieron en el voto el poder de cambio de la legislación y, por ende, una mejora en las condiciones laborales. Fue en este momento cuando hubo un incremento de adeptas a esta causa, es decir, fue la cuestión de clase ligada a la de género el impulso del feminismo social. Sin embargo, el racismo siguió como problema menor. Las organizaciones obreras marxistas no tuvieron problemas en aceptar las peticiones feministas y ponerlas en su hoja de ruta, pero sólo la Internacional de Trabajadores del Mundo (IWW) adoptó una lucha directa contra el racismo.

Muchos más ejemplos y términos nos revelan una realidad cruda y que debe ser asumible para todos: la divisiones y opresiones son impuestas, no siguen una lógica natural y están construidas dentro de un relato social e interiorizado que favorece al sistema dominante. Ejemplos que nos ayudan a comprender, desde una mirada decolonial y desde un feminismo social, los diversos mecanismos opresores del sistema en cuanto a división social, y que nos permite cuestionar ciertos relatos establecidos como buenos y canónicos. Porque nos formula todas estas preguntas y porque nos relata luchas alejadas del etnocentrismo blanco es muy recomendable la lectura de Mujeres, raza y clase.

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